Nuevo Mundo | Día 7

Estoy muerto. Nunca en mi vida había caminado tanto. Me duele todo el cuerpo y lo único que quiero es apagarme. Pero, una vez más, la necesidad de seguir escribiendo aquí es más fuerte que ninguna otra cosa, pues me hace tener la esperanza de que algún día podré leer todo esto desde la vida que siempre he conocido. De poder enseñárselo a mis amigos y poder comentarlo con ellos. Puede que me digan que no fue más que una pesadilla que duró más de la cuenta, o que escribí este cuaderno bajo los efectos de una droga que alguien puso en mi bebida una noche cualquiera. Sea lo que sea estará bien porque significará que todo ha terminado.

Creo que estaré a unos cincuenta kilómetros de mi ciudad. Nunca imaginé que pudiese caminar tanto en un solo día. La verdad es que lo único que he hecho ha sido caminar y caminar. El dolor en mis pies, mis sorillas, mis caderas y el horrible dolor de espalda se han convertido en una especie de trance del que no lograba salir. No sé si ha sido una forma de castigarme a mí mismo por no ser capaz de resolver esta situación. Ha sido como autoflagelarme durante horas y horas, no sé si para fortalecer mi mundo interior, como se hacía en la edad media o simplemente he descargado mi impotencia contra mí mismo. El caso es que no sé si mañana podré moverme. Tengo los pies llenos de ampollas, creo que llevaba el calzado demasiado suelto. Las he pinchado y he sacado el líquido. Nunca me acuerdo si esto es lo que hay que hacer o si es mejor dejarlas llenas, pero sea cual sea la respuesta correcta, ya está hecho. Sólo quiero llegar a casa.

Es increíble cómo cambia la percepción del entorno según la velocidad a la que te muevas. Caminando las sensaciones que he tenido del lugar en el que me encuentro han sido muy diferentes a cuando hice el camino al revés en el coche. Estar en el interior del vehículo y avanzar a tanta velocidad me aisló en cierta manera del mundo real, o lo que sea esto. Hoy, al deshacer el camino a una velocidad muy inferior, la percepción de las cosas ha sido muy diferente. La quietud de todo, la absoluta ausencia de movimiento en el entorno, incluso de la ausencia del viento o la más ligera brisa me hace sentir que esto no es real. Es como esas películas del oeste rodadas en estudio que estaban faltas de vida por mi realistas que fueran los decorados.

Caminar sobre el asfalto me estaba destrozando los pies, así que durante varias horas he caminado por la tierra, paralelo a la carretera varios metros en el interior de los campos y algunas arboledas. Esto ha sido aún más perturbador. Al caminar entre los árboles no sentía nada de vida entre ellos. Es difícil de explicar una sensación tan subjetiva, ya que no es más que mi propia percepción de la cosas y dada la situación creo que ya ni siquiera puedo fiarme de eso. Sé que la interpretación que mi cerebro hace de lo que percibe por los sentidos está claramente deformada por todo lo que estoy viviendo. Ya no encuentro ninguna cuerda a la que agarrarme para sentirme que sigo en la realidad. Camino, nunca mejor dicho, por terreno desconocido y no puedo asegurar que lo que vivo es real, aunque para mí, no hay nada más.

La sensación a muerte que está en todas partes sigue ahí y lo inunda todo. No es solo por no encontrar a nadie más, un pájaro o una hormiga, he buscado por el suelo. Ni siquiera moscas o avispas. Más allá de no encontrar forma de vida alguna falta algo más. Esa sensación de vida que uno tiene cuando va a pasear por la montaña, o incluso en la playa. Aunque allí, puede que sea el movimiento y el sonido de las olas el que produzca esa sensación. El mar me queda demasiado lejos como para poder ir a ver cómo están las cosas allí. Además, si me encontrase con un mar muerto, paralizado, congelado en el tiempo no creo que pudiese soportarlo.

Creo que estoy perdiendo la razón, de eso no cabe duda. Hablo de que todo está muerto, de que no hay vida allá donde vaya, pero sin embargo, mientras escribo me estoy comiendo una manzana. A medio día he pasado por un campo de manzanos. He arrancado varias manzanas, no muy maduras, pero lo suficiente para poder comerlas. He metido varias en la mochila y me he comido ya tres. Está claro que esos árboles están vivos, o al menos sus manzanas lo están.

Creo que darle tantas vueltas a las cosas no es lo mejor. No consigo atar nada, no consigo darle sentido a nade de lo que me ocurre y no puedo evitar seguir buscando respuestas. Me pregunto si será mejor dejar de hacerlo y simplemente concentrarme en llegar a casa. Parece algo sencillo, decirle a tu mente, haz esto o haz lo otro, pero parece ser que no tengo mi pensamiento bien domesticado y va por libre. Durante la caminata de hoy he tenido tiempo suficiente para hacer todo tipo de pruebas cognitivas. He llegado a la conclusión de que soy incapaz de mantener la atención sobre lo que decido que quiero pensar durante más de unos minutos. En cuanto me descuido me descubro pensando en donde estarán todos los pájaros o recordando el maldito muro pintado. Vuelo a dirigir mis pensamientos en avanzar y no pensar cosas raras y al minuto siguiente mi mente está otra vez fantaseando con el lugar al que pueden haber ido mis amigos y el resto de la humanidad. Al final acabo rindiéndome, sino el esfuerzo mental se hace más agotador que el físico, con el que ya tengo suficiente.

Varias veces he tenido la tentación de alejarme de la carretera y sumergirme en el bosque o salir a indagar en este o aquel pueblo por el que he pasado. Pero el miedo me lo ha impedido. No sólo no soy un héroe sino que soy un cobarde que no se atreve a explorar y buscar el fin de todo esto. ¿Qué puedo esperar de mí mismo si no soy capaz de luchar por mi salvación? Puede que en el fondo, aunque no entienda lo que está pasando, sepa que no hay salvación. Así que para qué adentrarme en una aventura que sé me llevará a toparme con la cruda verdad. Una verdad que no quiero decirme a mí mismo. Un cobarde no es capaz de hacer algo semejante. Aunque está claro que esa verdad que quiero evitar está dentro de mí y, aunque me la censure, la conozco bien.

Ni siquiera soy capaz de escribirlo. Y yo que creía que escribir me iba a mantener cuerdo. Ahora mismo pienso que puede que escribir sea más peligroso que enredarme en mis pensamientos mientras hago un kilómetro tras otro. La escritura me da una seguridad indescriptible, pero a la vez saca cosas que no soy capaz de sostener. Es un arma de doble filo. Me mantiene a salvo, pero a la vez me muestra la verdad de lo que soy.

Creo que por hoy es suficiente.

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