Nuevo Mundo | Día 6 (2/2)

Cada vez que me pongo a escribir noto un enorme peso aplastando mi pecho. Es aquí, junto a mi cuaderno, cuando el mundo que me rodea se hace más presente y mis pensamientos se encabritan tratando de tirarme de la silla de montar. Caer al suelo significaría perder la cordura y entrar en una espiral de locura de la no sé si podría salir. Noto un fino hilo que me separa de la enajenación permanente. Voy de puntillas, haciendo equilibrio con los brazos extendidos para no caer al abismo. Y a pesar de que la escritura desata todas estas sensaciones en mi interior, necesito hacerlo. Casi más que comer, beber o dormir. Puede que sea la propia escritura la barra de equilibrio que necesito para seguir caminando.

He tratado de despertarme. Lo he intentado muchas veces, pero no lo consigo. Si uno está durmiendo y se da cuenta de que está soñando basta con tener el deseo de despertar para que así sea. Al menos eso creía yo. Sin embargo no me funciona. Hacerme daño físico tampoco. Me he pegado en la cara, con fuerza. Me he pellizcado hasta hacerme sangre en el brazo. Le he pegado puñetazos al muro y nada. Si esto es un sueño es sin duda el sueño eterno. No soy capaz de deshacerme de él. Y eso es lo que más miedo me da. Me hace plantearme si realmente no es un sueño y lo que estoy viviendo es la realidad de siempre. Una realidad pervertida y torcida que no conoce la marcha atrás.

Lo que he escrito más arriba sobre el muro pintado es realmente disparatado, pero si además tengo en cuenta lo que voy a describir a continuación, la razón es algo de lo que ya no puedo valerme. Me pregunto si conseguiré vivir sin ella.

Cuando volví al coche para tratar en vano de ponerlo en marcha, descubrí algo aterrador. Un escalofrío ha recorrido mi cuerpo ahora mismo, al recordar lo que vi. Dentro del coche todo parecía normal. Si incluimos en la normalidad que el vehículo estuviera destrozado y completamente inservible. Sin embargo, cuando salí para ver los desperfectos en el motor, me encontré con lo inesperado. Tenía la ilusa idea de que quizá si echaba un vistazo podría reparar el coche y volver a ponerlo en marcha. Los destrozos eran tales que enseguida abandoné la idea. El golpe había arrancado multitud de piezas y aplastado muchas otras, era lógico que el Toyota hubiera muerto.

El aceite derramado, junto con otros líquidos que no pude identificar, formaban un enorme charco sobre el asfalto. Había tizne azul por todas partes, sobre todo en las piezas seccionadas y las partes abiertas. Al principio pensé que las fibras que componían el muro habían sido arrancadas por la violencia del accidente. Pero pronto descubrí que no era así. Cada pieza, cada cable, cada trozo de plástico que se había roto, presentaba en la parte cortada esas fibras azules. Y no eran trozos arrancados del muro, eran el interior de las propias piezas. Como si el coche entero estuviera hecho de ese extraño musgo y, una vez endurecido, de alguna manera, hubiera sido pintado. ¿Un coche hecho de musgo? ¿De verdad he escrito eso? Me leo y me perturbo, pero no puedo escribir otra cosa, es eso exactamente lo que ha sucedido, al menos es lo que yo puedo percibir, sin poder asegurar que sea real o no.

Confundido por los hechos decidí entrar en el coche. Me senté en el asiento del conductor y agarré con fuerza el espejo retrovisor. Tiré varias veces usando las dos manos hasta que lo conseguí arrancar. Miré la parte de la pieza que se había partido. Noté el corazón bombear con ímpetu mi pecho y mi garganta. Allí estaban las fibras azules, saliendo del interior de plástico roto. Era húmedo, como el del interior del muro, parecía vivo, aunque quien sabe, mejor no pensar en eso.

En una mezcla de terror e ira salí de un salto. Miré en derredor y cogí del suelo una de las barras de hierro que habían sido parte del coche y golpeé la ventanilla de atrás con fuerza. El cristal estalló en mil pedazos, los trocitos cayeron al suelo y al interior del vehículo. En el aire quedaron revoloteando restos de partículas azules, como si el cristal estuviera hecho de un polvo muy fino. Pero no era polvo, eran trocitos minúsculos de fibras, deshilachadas una a una, que caían lentamente hacia el suelo. Mi instinto me hizo taparme la nariz y la boca. No quería respirar aquello por nada del mundo.

Saqué la mochila, la llené con toda la comida que cupo y una botella de agua. Me alejé corriendo de allí en sentido contrario al que había llegado. No había ningún otro coche a la vista, así que corrí y corrí. Sólo dos pensamientos gritaban en mi cabeza.

El primero era una repetitiva imagen de la que no conseguía zafarme: Aquel polvo azul entrando en mis pulmones. Escupía mientras corría, en un desesperado intento de expulsar de mi cuerpo algo que nunca había tenido dentro. El otro pensamiento era el agua que dejaba atrás, en el maletero abierto del coche. Había recorrido unos cien kilómetros, por lo que hacerlos andando me llevaría dos o tres días. ¿Sería suficiente una botella de dos litros? Esperaba que sí.

El cielo volvió a su color habitual. Un azul oscuro intenso, como si sólo faltasen unos minutos para el anochecer. Paré mi carrera en seco. Miré arriba y giré sobre mis talones varias veces. El desconcierto fue total. Aunque de alguna manera algo se tranquilizó en mi interior. Tener un entorno más familiar me hizo pensar que todo volvía a la normalidad. ¿Y si al llegar a casa todo seguía como siempre? Calles atestadas de gente, de tráfico, ruido por todas partes y vecinos molestos. Cómo echaba de menos todo aquello. Eso de lo que tantas veces me había quejado era ahora mi mayor anhelo. El ser humano y sus incoherencias, me dije.

Pronto oscurecería y no había luna de momento, así que no tardaría en quedarme prácticamente ciego. Una de las opciones menos atractivas de cuantas había contemplado estos días parecía que se haría realidad. Iba a dormir a la intemperie en este nuevo mundo.

Sé que no tengo razones para tener miedo, pero no puedo evitarlo. En un mundo en el que parece que yo soy el único habitante, ¿de qué habría de tener miedo? Nada puede hacerme daño, puesto que todo lo que me rodea son objetos inertes, como las piedras o los árboles.

¿Pero y el polvo azul? Puede que haya nubes de polvo azul arrastradas por el viento. ¿Y si me sorprenden en mitad de la noche y lo respiro? Mi razón me dice que esos pensamientos son sólo eso, pensamientos producto de mi miedo. No hay razón alguna para pensar que algo así pueda ocurrir.

Escribo estas líneas después de haber cenado una lata de garbanzos con chorizo y una barrita de cereales con chocolate. He bebido poca agua, por si acaso. Estoy apoyado en el tronco de un árbol, con la mochila entre mis piernas. Me he alejado unos metros de la carretera. No sé por qué, pero me siento más seguro así. Estoy decidido a volver a casa. Es lo único que quiero en estos momentos. Y cuando legue allí ya veré. De momento sólo quiero estar en mi casa. Estar en mitad de la nada me hace sentir débil y expuesto. Espero conseguir dormir algo, porque si no, la caminata de mañana puede hacerse muy dura.

Estoy como al principio. Nada ha cambiado. Me costó horrores reunir las fuerzas suficientes para salir de la ciudad en busca de respuestas, y lo único que he conseguido ha sido volver corriendo con el rabo entre las piernas. No soy un héroe y nunca lo seré. Espero no morir esta noche.

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