Nuevo Mundo | Día 6 (1/2)

Inicio esta entrada en el diario con el título “Día 6” porque creo que ha pasado una noche desde que tuve el accidente, pero no puedo asegurarlo. El coche está destrozado y el reloj del cuadro de mandos se ha apagado, junto con el resto de indicadores. Así que estoy destinado a predecir el paso del tiempo según mi propia intuición. Las comodidades tecnológicas se alejan de mi cada vez más.

Me desmayé tras el accidente y cuando he recobrado el conocimiento hace unas horas, el cielo aún seguía enrojecido. No sé si he dormido o si he estado todo el rato desmayado, la verdad es que no sé cual es la diferencia, pero tengo la sensación de que ha pasado mucho tiempo. Pero como digo, son todo suposiciones, no tengo forma alguna de saber la hora ni el día en el que estoy. Siento como si el suelo sobre el que vivo mi nueva vida se fuera desintegrando, baldosa a baldosa. Cada día que pasa tengo menos baldosas sobre las que sentirme a salvo. No puedo evitar pensar en lo que ocurrirá cuando desaparezca la última. ¿Acaso caeré en el interior de un pozo sin fondo? ¿Qué diablos significa eso? Un pozo sin fondo es sólo un concepto, una idea sin sentido. Sin correspondencia en el mundo real. Aunque la palabra “real” empieza a perder su significado.

Han ocurrido demasiadas cosas que me hacen dudar de la realidad. Incluso dudo acerca de si estoy vivo. Lo que describiré a continuación es lo menos real que me ha pasado en toda mi vida, y si hubiese alguien a quien poder contárselo, sería imposible que me creyese. Incluso si me encontrase a mí mismo y me contase lo que ahora estoy viendo con mis propios ojos, estoy seguro de que no me creería. Estoy empezando a tener razonamientos muy extraños. Mientras escribo me doy cuenta de lo perturbado que estoy. Nunca antes habría imaginado supuestos tan extravagantes como los que acabo de relatar. Otra vez ese poderoso deseo de desaparecer, de desconectar mi mente. No me reconozco en muchos sentidos y eso me hace preguntarme si realmente soy yo quien escribe estas palabras o si son producto de un delirio o un estado alterado de conciencia. Probablemente nunca lo sabré.

Puede que el choque que he sufrido me haya provocado daños cerebrales o que esté sufriendo una conmoción. Aunque no tengo ninguna herida ni siento dolor alguno. No tengo que olvidar que antes de tener el accidente ya era todo muy extraño. Si tuviese un botón implantado en mi cabeza con el que pudiese apagarme lo pulsaría sin dudarlo.

Otra vez una frase que si leyese no reconocería como mía. Esto me agota. No creo que pueda soportar vivir así durante mucho tiempo. Me doy cuenta de cómo al analizar todo lo que está pasando siempre llego a la misma conclusión. Tengo deseos de desaparecer, de suicidarme. Soy un cobarde, un ser débil. Incapaz de enfrentarme a los reveses de la vida. ¿Es posible que esté desprovisto del instinto de supervivencia? Creía que era algo innato en todos los seres vivos. ¿Es posible que sea yo la excepción? Precisamente la última persona viva en el mundo es la única que no ama la vida por encima de todo, ¿es esto posible? Si los que han desaparecido pudieran leer estas palabras me crucificarían. Quizá es muy prepotente por mi parte pensar que soy yo el último ser humano. Puede que sólo quedemos algunos y que mi misión en la vida sea encontrar a otros como yo. ¿Pero dónde? ¿Y cómo encontrarlos si cuando intento explorar me topo con un muro? Un muro invisible.

Tengo que dejar constancia en este diario de lo que ocurrió ayer. Veo que insisto en creer que fue ayer y no sólo hace unas horas o incluso unos minutos. Quizás eso signifique algo que ahora escapa a mi entender. Pero centrémonos en lo que quiero inmortalizar aquí.

Cuando volví en mí tenia la vista nublada. Me ayudé del tacto para soltar el cinturón. Me zumbaban los oídos, aunque en unos minutos esa molesta sensación desapareció. Tenía la boca pastosa y lo único que tenía en mente era beber agua. Era la prioridad absoluta en aquel momento, todo lo demás podía esperar. Es una de las razones por las que creo que pasé muchas horas inconsciente o durmiendo. La puerta del coche estaba abierta y retorcida por el golpe. El choque debió de ser muy fuerte. La visión se me aclaraba rápidamente. Me froté los ojos con cuidado, y busqué alguna lesión moviendo el cuello, los hombros, los codos, las muñecas, los tobillos y las rodillas. Todo parecía estar en perfecto estado. No sentía ningún dolor y no había rastros de sangre. No salgo de mi asombro. ¿Y si soy inmortal? Todo el mundo ha desaparecido de la forma más misteriosa, y sin embargo aquí estoy yo. Vivito y coleando tras chochar de frente contra un muro, que por muy invisible que sea ha convertido al Toyota en un acordeón. Veo que aún hay lugar para el humor. Visualizar un acordeón en lugar del coche me ha hecho gracia. Lo que no ha tenido ninguna gracia es tener un accidente que no he podido evitar. No había nada delante de mí, y de pronto el paisaje se ha solidificado y ha saltado sobre el coche.

Ahora que lo pienso, ni siquiera me duele el pecho. Llevaba puesto el cinturón y no ha saltado el airbag, aunque puede que el coche no lo leve equipado, quién sabe. El coche ha quedado completamente inservible y yo no tengo ni un rasguño. Lo único que he sentido tras despertar ha sido sed. Podría haberme roto alguna costilla o al menos tener el tórax dolorido.

Una vez hube comprobado que estaba ileso salí del coche y me dirigí directamente al maletero. Lo abrí sin dificultades. Todo el contenido estaba revuelto. Cogí una botella de agua, quité el tapón y bebí durante largo rato. Parte del contenido mojó mi camiseta. Gemí de placer mientras bebía. Una vez aplacada mi sed decidí echar un vistazo al siniestro para tratar de entender lo que había ocurrido.

El asfalto mostraba, como en una radiografía, los rastros que dejó el coche tras el golpe. Se encontraba a unos seis metros del lugar del impacto. Había rebotado hacia atrás y había dado un inesperado giro tras perder una rueda y la mayor parte de su estructura frontal. El capó estaba medio abierto, arrugado como un papel. Las entrañas del vehículo estaban desparramadas por la calzada. De haber sido un animal seguramente habría vomitado al contemplar semejante estampa.

En seguida busqué con la vista la razón del inexplicable accidente. Inexplicable porque el coche aún yacía en el carril central de la autopista y no había ningún otro vehículo en mitad de su trayectoria. Pocos metros más adelante algo oscuro y turbio parecía interponerse entre mis ojos y el paisaje. Me acerqué sin prisa tratando de desvelar sus misterios con la vista antes que con el tacto. Creo que lo vi desde lejos, pero al principio a mi cerebro le costó aceptar que lo que estaba viendo era real y lo desechó en forma de borrón. Pero tras un detallado examen visual la mancha se perfiló.

Había chocado contra un colosal muro pintado. Y digo colosal porque al mirar hacia arriba no fui capaz de discernir su final. Puede que el color de la pintura que representaba el cielo fuese exactamente del mismo tono rojizo que el cielo real. Eso haría su frontera imperceptible, como un brumoso horizonte en alta mar.

Digo que el muro estaba pintado para poder dar una idea aproximada al supuesto lector de lo que vi, pero la realidad era más compleja. Estando frente a la pared, podía ver cómo la carretera se alejaba en una perfecta perspectiva Si me movía a la izquierda o a la derecha la fuga de la pintura acompañaba mis movimientos. Ocurría lo mismo al acercarme y al alejarme. Tenía la sensación de estar mirando a través de un cristal, en lugar de observar un mural, que era lo que después comprendería que estaba haciendo.

Ese juego visual que la pintura ofrecía tuvo cautiva mi atención durante largo rato, en el que estuve poniendo a prueba las dotes hipnóticas de aquella enorme pared. Cuando me cansé de buscar una respuesta que nunca llegó me acerqué con cuidado. En seguida pude distinguir la zona del impacto. La pintura en esa parte se había desprendido y la pared se había erosionado mostrando el material con el que estaba construida.

No era hormigón, ni piedra, ni yeso, ni ningún otro material del que normalmente están hechos los muros. Ni siquiera tierra o algo que se le pareciese. Su interior era fibroso, ligeramente húmedo, sin llegar a estar mojado. Parecía incluso orgánico, como el interior de un higo maduro. Pero en este caso las fibras eran mucho más pequeñas y eran de color azul. Entonces me di cuenta de que el moho que había visto en el filete de ternera caducado era exactamente igual.

Extendí mi mano para tocarlo. Primero con la punta del dedo índice, para determinar su dureza y consistencia. El entramado de fibras estaba frío, y aunque era rígido reaccionaba a la presión de mis movimientos como si acariciase el fino pelaje de un cachorro. Añadí otro dedo, luego otro y finalmente la palma de la mano. El tacto era delicioso, era difícil no quedarse allí el día entero. Era lo más placentero que había vivido desde el día de la desaparición.

Fue su olor lo que me hizo parar. Al principio, absorto por la irrealidad de la situación no me di cuenta, pero cuando empecé a mover los diminutos filamentos con mi mano su olor se hizo presente. Entonces, un recuerdo de mi infancia me golpeó con fuerza, lanzándome a momentos del pasado completamente olvidados.

Mi hermana y yo volvíamos del parque. La llevaba de la mano orgulloso de sentirme la persona más importante para ella en ese momento. Ella era mi responsabilidad, yo estaba a su cargo y tanto su seguridad como su bienestar dependían de mi. Al menos así lo vivía yo. Nunca tendría la oportunidad de preguntarle a ella por sus impresiones al respecto. La había llevado a recoger hojas de morera antes de la hora de la cena. Yo, al ser más alto, tenía más facilidad para tremar a los árboles y poder llegar a las hojas más tiernas. Ella recogía las hojas que le iba tirando y las guardaba en una bolsa de plástico. Cuando la bolsa estuvo llena me dijo que ya era suficiente y volvimos a casa.

Cuando mi madre nos abrió la puerta ella salió corriendo hacia su habitación gritando mi nombre por el pasillo. Yo seguí sus pasos y cuando crucé el quicio de su puerta ella ya tenía la caja de zapatos en su regazo. La bolsa de hojas estaba abierta en el suelo.

Espera, ordené. Me dirigí a la ventana y la abrí de par en par. Una brisa suave inundó la estancia. Luego cerré la puerta y la corriente cesó. Mi hermana me miraba con los ojos abiertos como platos. Me senté junto a ella.

Con cuidado, le dije, ábrela con mucho cuidado. Ella siempre lo hacía así, pero yo no podía evitar llevar el control de la situación. Levantó la tapa de la caja de zapatos muy lentamente, en seguida se empezaron a escuchar los débiles crujidos que hacían los hilos de seda al romperse. Los primeros centímetros eran los más comprometedores, pero una vez se separaban los bordes de la tapa ya era más fácil abrirla del todo.

Levantó la tapa de cartón y le dio la vuelta. Había seda pegada aquí y allá. La mayoría de gusanos ya habían empezado a construir sus capullos, y las esquinas eran sus lugares favoritos. El ciclo aún no había concluido y había algunos gusanos que todavía no se decidían, por lo que teníamos que seguir alimentándolos. Era entonces, cuando mi hermana descubría la caja, cuando nos invadía el olor. Ese olor que tanto odiaba mi padre. El mismo olor que desprendía el interior del muro mordido por las tripas del Toyota.

Pero allí no había ningún gusano, y la seda que yo conocía era amarillenta y no azul eléctrico. Además, por mucha fuerza que hacía no era capaz de arrancar ni una sola de las fibras. No eran rígidas, pero sí fuertes y sólidas. Cogí uno de los hierros que la violencia del golpe había arrancado del coche. Lo agarré con firmeza con ambas manos y lo usé como un pico contra la maraña de filamentos. Intenté ensanchar la brecha pero fue en vano. Por lo visto hacía falta mucha fuerza para poder romper aquello. Desistí, con las manos enrojecidas.

Me separé unos pasos para tomar perspectiva del muro. Miré a izquierda y derecha y aquella extraña construcción parecía no tener fin. Al menos no un fin que la vista pudiera distinguir.

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