Nuevo Mundo | Día 5

Hoy me desperté pronto, la luz de la calle aún era pálida cuando levanté la persiana. Supongo que no he dormido bien debido a los nervios de pensar que volvería a salir a la carretera. La incertidumbre siempre me ha paralizado un poco, y saber que me iba a enfrentar a ella de nuevo me ha puesto alerta y me ha afectado al sueño. Decidí desayunar fuerte, por lo que pudiera pasar. Además aún me quedaban unos filetes de ternera que se iban a poner malos, así que decidí comérmelos en el desayuno. No sé si volveré a comer carne otra vez. La verdad es que no me veo cazando, desollando la presa y cocinándola. Quizás estoy demasiado acostumbrado a comer carne como si fuera algo ajeno a la vida animal. Me refiero a que en el supermercado uno no encuentra al animal muerto, colgando desmembrado, eso era antes. Ahora la carne viene perfectamente fileteada, o troceada, según el caso, en bandejas de plástico, sin una gota de sangre. Tan aséptica, tan impoluta, tan ajena a la vida que nadie diría que semanas antes fuera un tierno cachorro jugando con sus hermanos en el pasto, si es que eso aún existe. Está presentada de manera que uno deja a un lado el origen de ese trozo de comida, está completamente desnaturalizada. Al menos el pescado sigue siendo un pez muerto entre el hielo picado. A partir de ahora el único pescado será el que sea capaz de pescar por mis propios medios. Creo que acaba de desaparecer de mi dieta.

Hoy ha sido el día más extraño de mi vida, y puedo decir esto de milagro, ya que no sé cómo aún sigo con vida después de lo ocurrido. No me gustaría usar la palabra milagro, pero no se me ocurre otra más acertada.

La primera cosa extraña que ha ocurrido ha sido cuando he ido a cocinar la carne. He abierto la nevera, he sacado la bandeja, en la que aún quedaban tres filetes, y le he quitado el plástico. El aspecto era raro, como azulado. Creía que cuando la carne se pudre se vuelve verdosa y no azulada. Me ha extrañado el hecho de que no oliese mal y eso me ha hecho dudar de si comérmela o no. Así que para asegurarme he encendido la luz de la cocina, y he echado un vistazo más de cerca para ver si estaba en buenas condiciones. Las partes azules eran como una especie de moho muy fino, compuesto por pelitos muy delgados. Nunca en mi vida había visto moho azul. He cogido un cuchillo y he tratado de quitarlo, pero estaba muy adherido. Al hincar el cuchillo sobre la carne éste se ha hundido con mucha facilidad, como si fuera una tortilla en lugar de carne. Entonces he visto como todo el interior estaba formado por fibras azuladas, como si fuera una especie de compuesto artificial con forma de filete. He sentido nauseas y lo he tirado a la basura. Aún sigo dándole vueltas a qué era aquello tan extraño. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? El día a día se convierte en algo desesperante.

No me quedaba leche así que mi desayuno ha consistido en cereales secos y dos plátanos. Ha sido suficiente para sentirme con el estómago en condiciones para iniciar la expedición hacia el exterior. He repetido un poco lo que hice dos días atrás: La mochila, agua, comida y esta vez he incluido una manta, por lo que pudiera pasar. Es verano, pero prefiero ir preparado.

Antes de ir al coche he pasado por el supermercado. Estaba vacío, y no había señal alguna de que alguien hubiera entrado para robar como estaba haciendo yo. La verdad es que no me he sentido mal por coger toda esa comida, al fin y al cabo no podía pagar. Lo peor ha sido estar ahí dentro cogiendo provisiones con la sensación de poder ser pillado infraganti por alguien. Ahora resulta que tengo miedo de encontrarme a otras personas. Curiosa paradoja. La moral de la perversa sociedad sigue instalada en mi interior como un programa informático. Como era de esperar no ha aparecido nadie, pero he estado en tensión hasta que he vuelto al coche.

Decidí llenar un carro entero con comida no perecedera y veinticuatro litros de agua. He llevado el carro hasta el coche y lo he metido todo en el maletero. He pensado que a la vuelta cogeré más comida y agua para subirlas a casa y tener una despensa bien abastecida.

Me he sentido más tranquilo que la otra vez mientras conducía. Quizás llevar el coche lleno de comida me haya tranquilizado de forma inconsciente. Esta vez he decidido dirigirme hacia el oeste, más al interior, lejos del mar. Sin ninguna razón especial, simplemente ha sido lo que he decidido y me he limitado a seguir mis impulsos. Esa autopista estaba menos concurrida. A penas había coches parados en la calzada, lo que me ha permitido relajarme un poco al volante. El otro día fue muy estresante conducir esquivando coches constantemente, la marcha era lenta y desesperante. Al ver las indicaciones de una gasolinera decidí llenar el depósito. Aún quedaba mucho combustible, pero era mejor llevar el depósito lleno y no preocuparme durante el resto del día.

La gasolinera estaba desierta. Y lo mismo que en el supermercado, no había señales de que nadie hubiera pasado por allí desde el día de la desaparición. Vaya, parece que acabo de bautizar el acontecimiento que lo ha cambiado todo. El día de la desaparición. En realidad verbalizar, aunque sea escribiendo, este hecho me hace temer que haya un antes y un después. Es como marcar un hito, que separa la vida en dos partes diferentes. Sé que tengo que ser realista, pero de alguna manera espero que mañana al despertar, todo siga como antes.

Paré el coche, abrí la tapa del depósito y cogí la pistola del surtidor. La introduje en la boca del depósito y apreté el gatillo. Nada, ni una gota, ni un sonido, el sistema estaba muerto. Pensé de nuevo en las películas en las que un apocalipsis zombi se cierne sobre la Tierra. ¡En esas películas todo el mundo puede echar gasolina! ¿Por qué el mundo real era tan diferente y complicado? Debía de haber algún mecanismo o dispositivo de seguridad que encendiera y apagase el surtidor, así que decidí entrar en la tienda para mirar tras el mostrador. La puerta automática no reaccionó a mi presencia, casi me estampo contra el cristal. Pensé que si no había electricidad, seguramente no podría activar el surtidor, así que ni siquiera intenté abrir la puerta para mirar. Aún quedaba más de la mitad del depósito y no quería perder tiempo en algo que seguramente no funcionaría. No quería irme de allí frustrado tras un esfuerzo sin recompensa, así que proseguí mi camino.

Una vez de vuelta en la autopista me di cuenta de que había elegido el camino en cuya ruta había menos poblaciones. Quizá por eso había tan pocos coches. Me enfadé conmigo mismo por haber escogido esa opción, pero ya era demasiado tarde para deshacer lo recorrido. Había hecho cincuenta kilómetros y volver habría sido una pérdida de tiempo y de combustible, así que decidí seguir.

Ángar fue el primer pueblo que encontré. Tomé la salida y conduje lentamente por sus calles. Bajé la ventanilla para poder escuchar cualquier ruido que pudiera provenir de la acción humana mientras mantenía una conducción lenta y suave. Me sentía como un policía de película patrullando en una mañana de domingo. La diferencia es que no había nadie a quien saludar agarrando la visera de mi gorra.

Recorrí todas y cada una de sus calles, como si fuera cosiendo el pueblo puntada a puntada. Lo mismo que en mi ciudad no encontré a nadie, ni un perro, ni un pájaro en el cielo, ni un gato saliendo de debajo de una vieja valla, nada.

Otra vez esa sensación de espanto. Ese silencio inquietante, nada que ver con el silencio que se podía encontrar en un bosque o en un paseo por la montaña antes del día de la desaparición. Sé que esos no eran silencios de verdad, la naturaleza está repleta de sonidos incesantes, pero son apacibles y nos hacen sentir alegres y relajados, nos hacen sentir vivos. Supongo que llamábamos silencio a la ausencia de los ruidos de la ciudad. Puede que sea la falta de sonido alguno lo que me hace ahora sentir tan vulnerable, tan a disposición del peligro, tan desprotegido. Este es un silencio artificial, como si me encontrase encerrado en una habitación de espesos muros de hormigón. Sólo se oía el crujir del asfalto bajo el peso del coche al pasar y el viento entrando por la ventanilla. El resto era muerte y yo era la excepción.

Decidí bajar del coche y comer algo. A pesar de la terrible ausencia, el pueblo era precioso y me senté en el césped, bajo un hermoso árbol, junto a mi mochila. Comí rápido, no fui capaz de disfrutar de la tranquilidad de ese lugar. Quizás porque la tranquilidad era impostada. No era natural. Seguía notando aquella presencia, me sentía observado de alguna manera. Mis deseos de volverme rápido para ver quien estaba detrás de mi hombro, mirándome, aumentaban a cada momento. No creo en fantasmas, espíritus ni ese tipo de viejas creencias, pero sin saber explicar muy bien cómo, no me sentía solo.

Como arrastrado por un irracional instinto de locura me puse en pie, giré y extendí mis manos hacia delante tratando de palpar aquello que andaba tras de mí desde hacía días. No podía verlo ni oírlo, pero quizá podía tocarlo, descubrirlo con mi tacto incluso en contra de lo que mis otros sentidos me decían. No fue así. Me quedé dando vueltas sintiendo el aire entre mis dedos.

Volví al coche y me puse en marcha, dejando atrás la visita más extraña que jamás había hecho a Ángar. En la autovía volví a toparme con la monotonía de un paisaje mal improvisado. Me di cuenta de cómo los pequeños detalles que ofrecían los pájaros, los insectos y los movimientos creados por el viento imprimían al paisaje la diferencia entre percibirlo como algo real o algo artificial. ¿Por qué era todo tan extraño? Y me hacía esa pregunta en un mundo en el que yo era el único habitante. Dejé pasar esos pensamientos y me concentré en seguir conduciendo, no sin hacer un enorme esfuerzo.

Dejé pasar un par de pueblos más, tenía la impresión de que ir lo más lejos posible era la única forma de encontrar las respuestas. Observé las salidas de esos pueblos de reojo cuando las rebasé, sujetando el volante con fuerza para no dejar sucumbir a mis impulsos de explorar cada pueblo del camino. Me sobrepuse a mis miedos y seguí alejándome de mi casa. El parabrisas permanecía impoluto, ni rastro de una mosca, mosquito o avispa hecha puré contra el cristal.

Me encontraba ya a casi cien kilómetros de casa cuando el cielo enrojeció. Frené en seco. Las ruedas del Toyota gritaron arañadas por el asfalto. El cinturón impidió que estrellase mi cara contra el volante. Eran las 12:45, no había ni una nube, era pleno día y de un momento al siguiente el cielo se había teñido de rojo. El sol permanecía en el mismo punto, pero su intensidad había disminuido. El azul del cielo había cambiad de tono, un rojo homogéneo que cubría toda la bóveda celeste. No había visto nada igual en toda mi vida. Los pensamientos sobre mi propia locura empujaban al resto haciéndose hueco con rapidez. Me froté los ojos varias veces, pero no era mi visión la que estaba perturbando la realidad, era la propia realidad la que perturbaba mis sentidos. Salí del coche y grité. Ahora no puedo recordar cuales fueron mis palabras, si es que mis gritos llevaban palabra alguna, pero grité con todas mis fuerzas, como si desease romper el cielo en mil pedazos con la fuerza de mi voz. Descargué mi ira a los cuatro vientos. Cerré los ojos y me abofeteé con las dos manos, el dolor me hizo querer respirar con fuerza, pero seguí pegándome. Quería que los endiablados juegos que mi mente estaba llevando a cabo cesaran. Agitado, con la cara ardiendo y la respiración sofocada volví a abrir los ojos. El mundo bajo el que trataba de sobrevivir seguía riéndose de mí, cubierto con un gran manto rojo.

La desesperación tomó el relevo de la ira y fue la encargada de dirigir mis pasos. Volví al coche, arranqué y pisé el acelerador hasta que no tuvo más recorrido. Fijé mi vista en las líneas discontinuas que se perdían en el horizonte y seguí acelerando en mitad de la autopista. Pocos metros después, cuando aún no había metido la tercera marcha, el coche chocó y perdí el conocimiento.

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