Nuevo Mundo | Día 11

He mirado al otro lado de la puerta, mi doble oscuro no estaba. No sé si estará en las escaleras, pero he estado escuchando esta mañana durante horas y el silencio ha sido constante. Tenía hambre, y de alguna manera he entendido que si seguía encerrado en casa estaría aceptando un final que no es el que quiero. Después de terminar la última lata que me quedaba, es a lo que hoy he llamado la comida, he salido al balcón, necesitaba mirar algo que no fuera una pared o un suelo, mirar lejos, sentir que a pesar de estar encerrado, no estaba encarcelado. He pasado un buen rato observando el horizonte, relajando la mirada en ninguna parte en concreto, simplemente sintiendo el exterior, realmente lo necesitaba. Hoy, las mismas nubes de los días anteriores seguían suspendidas sobre la ciudad. Todo parece haberse detenido, incluso el clima. Recuerdo despertarme los fines de semana y levantarme a mirar por la ventana para comprobar si el tiempo me permitiría salir a volar mi dron de carreras. Era habitual que las predicciones meteorológicas estuvieran plagadas de errores, sobre todo en lo que a lluvia se refería. Como decía mi abuelo, el mundo no tendría sentido si pudiésemos saber lo que va a pasar al día siguiente. Quizás habría tenido más sentido para mí si antes de que todo se fuera a la mierda hubiera sabido que cada día sería igual que el siguiente, con las calles llenas de gente y todo funcionando con normalidad. Sé que eso nunca ha sido así, que no es cierto que cada día las cosas eran igual al día anterior, pero ahora mismo sería feliz engañándome de esa manera. Seguramente hoy mi abuelo me diría que mañana podría despertarme y descubrir que el mundo ha vuelto a ser como lo que tanto anhelo, pero en el fondo sé que eso no ocurrirá nunca. De algún modo inexplicable sé que he pasado un punto de no retorno. Es como cuando alguien sufre una desgracia tan repentina como inesperada, al principio se repite una y otra vez que eso no puede estar pasando, que debe de ser un sueño, que cómo es posible, pero en el fondo, sabe que por mucho que se lamente o que desee que todo vuelva a ser como antes el brazo que ha perdido no volverá a crecer.

No recuerdo cuanto tiempo he pasado de pie en el balcón, observando la ciudad muerta, pero sé que he tardado demasiado en darme cuenta de cuanta razón tenía mi abuelo. Quizás ha sido la altura de mi casa, la enorme distancia que me separa del suelo y que desde aquí se tienen vistas muy generales y alejadas de todo, pero que los detalles pasan desapercibidos si uno no hace un esfuerzo en fijarse en ellos. ¿Cómo he podido pasar por alto que había gente caminando por la calle?

Sí, Aurora, sé que tú ya lo sabías, y te pido disculpas si has tratado de decírmelo y yo no he sabido escucharte. Seguramente mi capacidad de entender lo que me dices está completamente anulada por el estrés que sufro día y noche. He de confesarte, que como el obrero que acaba de perder un brazo en un accidente, he tardado unos instantes en comprender y sobre todo creer lo que estaba viendo. Había personas en la calle, yendo de un lado a otro, no eran muchas, como un día normal, sino más bien como un día de Julio a pleno sol en el que nadie sale de casa hasta pasadas las siete de la tarde. También había coches en movimiento, no podía creerlo. Ahora mismo estoy reparando en lo que en su momento no fui capaz de percibir. Notaba algo extraño, como cuando se tiene un déjà vu, una sensación de intranquilidad al creer que algo no anda bien, pero sin poder decir qué es. En aquel momento mis prioridades y preocupaciones eran otras que pensar en por qué la gente andaba en cualquier dirección y no siguiendo las aceras, de hecho ni siquiera me di cuenta.

Grité agarrado con fuerza a la barandilla, al principio nada concreto, sólo soltaba los sonidos más fuertes que era capaz de producir, era absurdo tratar de comunicarme desde un noveno piso, mis gritos eran un intento desesperado de producir una reacción en el mundo al otro lado de mis sentidos. En ese momento supe que lo único que podía hacer con un mínimo de coherencia era bajar a hablar con la gente o al menos observar a pie de calle qué estaba pasando y, sobre todo, qué me había pasado los últimos días. Todo este despropósito, todas las preguntas amontonadas en mi cabeza como los escombros de un derribo podrían resolverse en unos pocos minutos hablando con la gente que había aparecido como por arte de magia.

Me puse la mochila casi vacía a la espalda, sólo llevaba dentro mi libreta y el bolígrafo, y fui corriendo hacia la puerta. Durante unos segundos había olvidado a mi yo oscuro por completo. Con el pomo de la puerta en la mano detuve mi carrera. Noté cómo mi sangre golpeaba con fuerza mi cuello y mis sienes. Miré por la mirilla procurando que mi respiración no se oyese al otro lado. Todo seguía en aparente calma, nada veía, nada oía. Tragué saliva y decidí que si no salía en ese momento nunca lo haría. No sabía si esa cosa aparecería al doblar la esquina del rellano, pero tenía que arriesgarme. Entonces decidí que todo aquello podía hacerse de manera más segura si iba armado. Nunca me he creído capaz de clavarle un cuchillo a nadie, y por muy desesperada que fuera la situación tampoco creo que pudiera. Así que deseché la idea de coger un cuchillo de la cocina. No quería matar a nadie y mucho menos a alguien que era mi propio reflejo. Se puede inutilizar el ataque de alguien sin tener que matarlo, o al menos eso creía. El único arma que conseguí dibujar en mi mente fue el paraguas que cogí del hotel en mi primera excursión. Una llave inglesa o un martillo tenían un alcance demasiado corto y seguramente, antes de poder usarla ya habría recibido algún golpe, de manera que el paraguas me pareció la mejor opción.

Sostuve el paraguas por su extremo, de manera que su puño de madera forrado de cuero sería la parte encargada de golpear si fuese necesario. Abrí la puerta y salí, cerrándola con sigilo. Hice girar la llave con cuidado, no quería volver a casa y encontrarme de nuevo con un compañero inesperado. Metí el llavero en mi bolsillo del pantalón y aferré el paraguas con las dos manos, manteniendo el mango en alto. El charco de sangre azul se había secado en el suelo dejando una marca oscura y viscosa. Manchas similares se alejaban de allí de forma caótica y desaparecían por la puerta que daba a las escaleras. Las manos me sudaban y las piernas me temblaban. Pulsé el botón del ascensor, pero como era de esperar, este no reaccionó, tampoco lo hizo el motor del ascensor que permaneció en silencio. No había más remedio que bajar por las escaleras. La puerta estaba abierta, como siempre. Recordé las palabras que el vecino de enfrente repetía cada vez que coincidía con él en el ascensor:

»Otra vez esa maldita puerta abierta. El día que pille al responsable se va a enterar de quien soy yo, ¿será posible?

Entonces la cerraba de un portazo iniciaba una conversación sobre el tiempo que había previsto para ese día que duraba todo el viaje hasta la planta baja.

Habría preferido que el irritante vecino me hubiera acompañado hoy en mi aventura por las escaleras, pero desgraciadamente me tuve que enfrentar a eso yo solo.

Con el corazón tan acelerado como una estampida de elefantes me asomé a las escaleras. El mango del paraguas chocó contra el marco metálico de la puerta provocando un alboroto que me obligó a llevarme una mano al pecho. El eco se perdió arriba y abajo. Permanecí petrificado, esperando lo peor. Agucé el oído, pero no escuché nada. Mi yo oscuro no estaba cerca y si lo estaba carecía del sentido del oído o del más mínimo interés por descubrir que había producido aquel golpe.

Decidí dejar de pensar. Me lancé escaleras abajo, con la torpeza que me caracterizaba. Nunca he sabido bajar las escaleras corriendo, ni de dos en dos, mucho menos de tres en tres, como algunos de mis amigos de la adolescencia presumían. De modo que ayudándome del pasamanos traté de bajar a la calle lo antes posible sin hacer demasiado ruido. Cuando llegué al portal la puerta estaba abierta. Ese hecho confirmaba las sospechas de que mi yo oscuro hubiese abandonado el edificio. Eso me quitó un enorme peso de encima y tuve ganas de llorar. Salí a la calle despacio, usando el paraguas a modo de bastón. En las inmediaciones no había nadie, pero a lo lejos sí que podía distinguir a varias personas yendo y viniendo. Dirigí mis pasos hacia la más cercana, quien avanzaba por la calle en el mismo sentido que yo. Cuando estuve a unos cuatro metros le llamé desde atrás.

—Perdone… ¡disculpe! —llamé alzando la voz mientras seguía acercándome a él. No pareció oírme porque no se giró, ni siquiera varió su paso.

Aceleré el ritmo.

—¡Oiga!

Entonces detuvo su avance en seco, se quedó clavado en esa posición unos segundos, los suficientes para que estuviera ya al alcance de mi mano y entonces se giró.

El fin de la pesadilla con el que tanto había soñado se hizo pedazos delante de mí. Todas las esperanzas que habían florecido a través de mis descubrimientos desde el balcón se hicieron añicos al estrellarse con violancia contra el suelo. Tenía ante mí a mi yo oscuro de nuevo, con su gesto de muñeco, sus ojos abiertos como platos y sus brazos caídos a los lados, no lo podía creer. Empezó a emitir esos gemidos con los que llevaba soñando dos noches seguidas. Di varios pasos atrás, él acompañó mi retroceso y entonces tropecé y caí golpeando el suelo con mi culo. Él se inclinó sobre mí, observándome y balbuceando en su particular y desesperante idioma. No le quité la vista de encima y entonces reparé en algo. No tenía la cara herida, ni rastro del golpe que recibió frente a la puerta de mi casa, dentro de la repulsión que me causaba mirar esa cara, no había nada fuera de lo normal. ¿Cómo puede ser? Pensé.

No se me ocurrió otra cosa que pedir ayuda. Al alcance de mi vista aún había gente paseando, era el momento indicado para ser rescatado.

—¡Ayuda! —grité aún sentado en el suelo—. Ayúdenme , por favor. Necesito ayuda.

Algunas personas se giraron alertadas por mis ruegos.

—Aquí, por favor, ¡Ayuda!

Aún me dirigieron la mirada otros transeúntes, cuando los primeros ya se acercaban en mi auxilio. Mi yo oscuro se agachó tratando de tocarme con uno de sus manos de trapo. Yo intenté escabullirme caminando como un cangrejo con manos y pies. Sus gemidos aumentaron en volumen y repeticiones.

Aurora, estés donde estés, quiero que sepas que si sigo vivo es por ti, por la necesidad irracional que tengo de transmitirte mis experiencias. En este mismo instante, en el que escribo en la libreta, sólo pienso en que nada de lo que estoy sufriendo se pierda en el tiempo como tantas otras cosas. La escritura se ha convertido en mi segunda respiración, puede que incluso en la primera y tú eres mi propósito. Ojalá algún día todos estos extraños sucesos le puedan servir a alguien de algo. Ahora soy incapaz de imaginar ni una sola utilidad, pero nunca se sabe. Necesito saber que será así ya que de otra manera…

 

Lo que voy a contar a continuación ha tenido lugar sólo unos minutos antes. Ahora mismo estoy escondido en una tienda a la que he entrado haciendo estallar el cristal con una papelera del mobiliario urbano. No sé cuanto tiempo podré permanecer oculto aquí, pero ya no puedo más. Tengo ganas de cavar con todo y de hecho es lo que haré. Ya no tengo nada más que hacer en esta vida, la realidad y tu silencio así lo corroboran. Ahora entiendo la vida, su sentido, el por qué de las cosas. Ha hecho falta vivir situaciones extremas para poder entender de qué va todo esto. Siempre creí que el sentido de la vida era simplemente vivirla, encontrar de entre todo su catálogo lo que más feliz le hacía a uno y exprimirlo al máximo. Yo, con este legado he exprimido el amor por la escritura y sin pretenderlo he dejado huella del fin de mis días. Ahora entiendo que ya no hay nada más para mí y tengo que dejar paso a lo que sea que tenga que suceder ahora. En el futuro inmediato mi ser, mi existencia ya no tiene la más mínima importancia y me retiro sin agitación. Ahora, al entender todo esto, y no desde el pensamiento, sino desde la experimentación emocional, puedo sonreír al fin y sentirme pleno al haber formado parte de los engranajes del complejo universo en el que me ha tocado vivir. La existencia de las cosas es un hecho tan insólito como maravilloso. El universo y las estrellas nos sobrevivirán a todos millones de años por muchos esfuerzos que hagamos en creernos importantes y determinantes. No somos nada, sólo una pieza más de esta maravilla que es el todo y la nada. Einstein sabía bien de qué hablaba, como tantos otros antes. Cada uno lo expresó a su manera. Ahora yo hago lo propio. Y con esto puedo retirarme sabiendo que viví mi parte del camino y en él aprendí a entender. Pero antes de terminar con esto relataré lo ocurrido hasta el momento presente.

Alarmados por mis demandas de ayuda la gente se acercó a auxiliarme. Primero sólo fueron dos o tres personas, pero en poco tiempo el número fue en aumento y empezaron a llegar de todas partes, cada vez más. Cuando llegaron los primeros hasta donde me encontraba algo se partió dentro de mí. La vida, la realidad, los sueños, las pesadillas, el infierno, la locura, la cordura y la propia eternidad se mezclaron como el café en la leche. Mi entendimiento de las cosas pasó a ser algo completamente nuevo, una mueva aleación de conocimiento que me hizo desear la muerte por encima de todas las cosas. Todos lo que se arremolinaban en torno a mi y los que llegaban desde más lejos eran yos oscuros. Eran clones, unos de otros o todos de mí, no lo sé. Todas esas personas que había visto desde lo alto de mi edificio no eran tales, sino que eran parte de un ejercito de monstruos salidos de mis más oscuras pesadillas. Todos ellos con la misma mirada vacía, blanca, ausente. Detrás de esos ojos no había vida, no había nada. Hicieron un corro a mi alrededor, entonando una sinfonía de notas aleatorias, sin orden ni concierto que me hacían entender las profundidades de la más demencial locura. Subían y bajaban sus cuellos como si fueran perros de las praderas buscando hueco entre la muchedumbre que seguía llegando para vaciar sus miradas en mí. No me tocaban, parecía que sólo tratasen de hablar conmigo, todos a la vez con esas desagradables voces gangosas que no decían nada inteligible.

Me levanté despacio, aterrado por un posible contacto con ellos. Recogí con movimientos lentos mi paraguas del suelo y lo usé para irlos apartando de mi camino con suavidad, sin golpearlos, como si fueran cortinas a lo largo de un pasillo. En cuanto hube salido de la parte más densa de la masa de yos oscuros eché a correr. Corrí como nunca en mi vida. Daba zancadas tan largas que podría haber saltado de una azotea a otra de haber sido necesario. No quería mirar atrás, pero los pasos atropellados que oía a mis espaldas me impulsaban a ello. No pude evitarlo. Tras de mí, una muchedumbre formada por incontables copias de mí corrían torpes empujados por una carrera dirigida claramente a perseguirme. Algunos caían desequilibrados y se daban de bruces contra el asfalto. Los que venían detrás no eran capaces de esquivar los cuerpos que se retorcían en el suelo como arañas calentadas al fuego. Eso hizo que mi huida fuera un poco más efectiva, pero aún con todo, seguía siendo un número considerable el que corría detrás de mi. Mi instinto me hizo ver, de alguna manera inconsciente, que cuanto más complejo fuera el camino que tomase, más dificultad tendría la muchedumbre en seguirme. Así que empecé a meterme por calles cada vez más pequeñas, saltando sobre los coches, escalando vallas y haciendo todos los quiebros posibles. Pasé frente a unos grandes almacenes, intenté abrir la puerta pero estaba cerrada. Miré detrás y nadie me seguía, pero tenía al corazón desbocado y más yos oscuros pululaban aquí y allá, ajenos a la persecución. Todas las personas que había en la ciudad parecían ser clones míos con serios problemas en algún punto del proceso de réplica. Con varios tirones arranqué una papelera que había sujeta a una farola y la lancé contra el escaparate. En el cristal se dibujó una tela de araña, la papelera rebotó y cayó al suelo. La volví a levantar y repetí la operación varias veces. A lo lejos algunas cabezas como la mía se giraron al escuchar los golpes. Varias embestidas después el cristal cedió. Entré en la tienda y amontoné mesas percheros maniquíes y todo lo que pude para taponar el enorme hueco que había dejado abierto. La parte superior seguía despejada, pero al menos les haría la entrada más complicada.

He subido a la última planta, después de pasar por el supermercado, coger algunas provisiones y beberme una botella de agua. Estoy escondido en un despacho que he bloqueado montando una barricada tras la puerta. Ya soy todo un experto en estas lides, paradojas de la vida. Casi me muero de miedo en un mundo vacío y muerto, y cuando por fin creo encontrar a mis semejantes, son tan semejantes que el terror vuelve a ser la respuesta natural ante tal encuentro.

Voy a intentar dormir. Cuando despierte, será la última vez que lo haga.

Continuará…

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